Si nadie puede reclamar para sí el acceso privilegiado al conocimiento de una verdad trascendente absoluta, y además universal, precisamente por ser trascendente y absoluta, nadie puede exigir al otro que haga lo que él o ella dicen so pena de ser negado, bajo la acusación de ceguera, herejía, rebeldía o error. 

Más aún, si se acaba la exigencia basada en la creencia de la posesión de la verdad, se acaba la tolerancia, que es una negación suspendida temporalmente, y comienza el respeto.